El festival Itinerarios de Caligrafía / Kaligrafia Ibilbideak nos ha dado la excusa perfecta para seguir conociendo Oficios del libro. Esta semana, Beatriz García Alcalde ha entrevistado a Sonia Beroiz, su directora artística, quien nos ha demostrado su pasión por el arte de la Caligrafía. En esta primera parte, nos habla de la historia y de los múltiples beneficios de esta disciplina.
Entrevista a Sonia Beroiz (I)
Ahora hablaremos de la relevancia actual de la caligrafía, pero pienso en un scriptorium medieval y me parece una disciplina esencial para la historia de la humanidad. ¿Cuándo nació la caligrafía, aunque no se denominara así?
Según lo que sabemos hoy, la escritura manual apareció hace unos 6.000 años, y la caligrafía surgió posteriormente como su desarrollo estético y técnico.
Todo nació de la necesidad de comunicarse. El paso de un sistema oral a uno visible transformó los mensajes en trazos que podían permanecer y fijarse en el tiempo sin presencia humana. A partir del gesto y del trazo, las primeras representaciones —que imitaban la realidad— fueron evolucionando hacia formas cada vez más esquemáticas y abstractas. Ese proceso de simplificación y simbolización dio origen a las letras tal como las entendemos hoy.
Si bien el término caligrafía –del griego kallos (bello) y graphein (escritura)– comenzó a utilizarse en la época renacentista, este concepto fue recuperado por Edward Johnston –considerado el padre de la caligrafía moderna— en el siglo XX. Para Johnston, la caligrafía no empieza en un momento concreto, sino cuando la escritura se convierte en un acto consciente, cuando surge la necesidad de darle forma, ritmo y belleza. Por eso, si queremos situar el origen de nuestra caligrafía en el alfabeto latino, debemos remontarnos a la época romana: hacia el siglo I de nuestra era, cuando la letra capital romana alcanzó su máximo esplendor y fijó las formas que dieron identidad a nuestras letras.

¿Cuál es el valor de escribir a mano? ¿Es arte o artesanía? ¿Es una disciplina? Pienso por un lado en los cuadernillos Rubio del cole y por otro, en un tintero y un papel bonito con kanji.
En mi opinión, la escritura a mano puede entenderse como una disciplina, igual que la caligrafía. Ahora bien, la escritura a mano como acto cotidiano no es un arte en sí misma; sin embargo, cuando hablamos de caligrafía, podemos situarla en el ámbito educativo (aprendizaje), artístico, como comunicación visual e incluso considerarla una práctica artesanal. Todo depende de la intención con la que se ejecuta. De hecho, en culturas orientales la caligrafía está considerada un arte noble.
La palabra caligrafía también es una forma habitual de referirnos a la escritura manuscrita asociada al aprendizaje en la infancia. Quizá por eso, en nuestro imaginario colectivo nos remite a los primeros cuadernos escolares, a los monasterios o a cierta visión romántica de la belleza del acto de escribir. Diría incluso que refiere también al ámbito educativo, como aprendizaje formal de modelos caligráficos históricos en edades avanzadas y al ámbito de la comunicación visual, como recurso gráfico para mostrar mensajes.
Pero el valor de la escritura a mano va mucho más allá. Como patrimonio inmaterial es testimonio del arte, la cultura, el impacto social y la transmisión de saberes a lo largo de la historia. Ha servido de puente entre civilizaciones, como una forma de expresión cultural y de identidad. Desde la invención del alfabeto, la evolución de los soportes manuscritos (papiro, pergamino, códice, papel…), la democratización de la alfabetización con la imprenta de tipos móviles y su industrialización, así como su uso como recurso para rotulación, cabeceras de revistas, anuncios, carteles u otros, etc. Es, por tanto, una muestra de la historia de la civilización. Además, desempeña un importante papel en el desarrollo humano y social como herramienta de aprendizaje, creación, comunicación y conservación del conocimiento. Con todo esto, no debemos olvidar que el acto de escribir es un acto pausado. Dentro de esta vorágine social en la que la prisa hace acto de presencia constante, nos ayuda a tomar control de nuestro tiempo, de nuestro espacio.

¿Crees que escribir a mano tiene alguna ventaja cognitiva? Es decir, ¿nos ayuda a pensar más o mejor? Cada vez son más los estudiantes que llevan tablet u ordenador para tomar notas…
La era digital afecta a la forma en la que nos expresamos y conectamos con las demás personas. La caligrafía, al ser un proceso manual, estimula una conexión más profunda con el pensamiento y con tu ser interior. Se ha demostrado que la escritura manuscrita activa áreas del cerebro importantes para el desarrollo cognitivo, favoreciendo la concentración, la memoria y la creatividad, así como potenciando la organización de las ideas, la inteligencia emocional y la sociabilidad. Por ejemplo, en la infancia, durante el aprendizaje de la lectoescritura, facilita el reconocimiento e identificación de las letras, y en la rehabilitación de personas mayores o con dificultades de aprendizaje, mejora la motricidad fina y la coordinación visomotora, así como su comunicación y calidad de vida. Por eso, también es importante a cualquier edad practicar este hábito como una técnica para mantener en forma el cerebro, no solo a nivel cognitivo, sino también psicomotriz.
También recuerdo cómo, mientras tomábamos notas, hacíamos dibujitos en los márgenes de los cuadernos. ¿Esto también tiene algo que ver con esos procesos cognitivos?
Efectivamente, como comentaba, la psicomotricidad es uno de los beneficios asociados a la escritura a mano —en este caso, la psicomotricidad fina–. La caligrafía requiere movimientos precisos y controlados de la mano, los dedos y diría que hasta el hombro, lo que ayuda a tomar conciencia del gesto, mejorar la coordinación y desarrollar un mayor control motor. Este movimiento forma parte del proceso cognitivo.
Podría decirse que hacer garabatos es un acto semiautomático, relacionado con estos procesos cognitivos, como una forma de regularnos, ayudándonos a mantener la atención, a facilitar la concentración mientras escuchamos o pensamos, e incluso a liberar tensión. A veces, cuando trabajo mucho tiempo frente al ordenador, mi cuerpo me pide ampliar el movimiento, como si necesitara recuperar ese gesto más amplio y orgánico que la pantalla no permite. Tengo claro que es una necesidad.

A pesar de la existencia de las agendas y calendarios que nos avisan de todo, siguen siendo muchos los que toman notas en agendas. Profesionales de todos los sectores, diría.
Sí. De hecho, este proyecto me ha permitido escuchar muchas experiencias personales en torno a la escritura manuscrita. La mayoría las comparten desde el orgullo y la empatía, como algo que nos une y nos refuerza como un acto legítimo, contemporáneo y efectivo para el bienestar y la organización de las ideas. No tanto como un acto nostálgico, sino de esa sensación casi automática de que algo funciona mejor cuando escribimos a mano. Es el movimiento, la fricción con el papel, el placer de la escritura como un gesto que se expande y, como he dicho antes, sobre el que tomamos conciencia y que nos ayuda a recuperar control mental y físico.
Aquí ya hemos hablado con un experto en tipografía. Háblanos un poco de la relación entre ambas disciplinas.
Por ponerte un ejemplo, cuando abrimos un libro y vemos su tipografía, estamos contemplando una herencia directa de la caligrafía. Como he comentado antes llevamos miles de años escribiendo a mano, solo que en los dos últimos milenios se han asentado nuestras letras tal como las conocemos y utilizamos actualmente. Nuestras mayúsculas provienen de la letra capital romana, las minúsculas de la carolina (siglo VIII) y nuestra cursiva, la itálica, del siglo XV.
En términos generales, esto se debe a que Gutenberg y otros impresores de su época tomaron como referencia directa la escritura manuscrita para diseñar sus tipos móviles: estudiaron sus formas, las adaptaron y las fijaron como modelos. Con el paso del tiempo, y especialmente con la digitalización de la tipografía, esas estructuras han llegado prácticamente intactas hasta hoy.
Podemos crear infinitas variaciones tipográficas y clasificaciones muy diversas, pero si reducimos cualquier letra a su esqueleto, veremos que la base sigue siendo la misma. Por eso, para quienes no están familiarizadas con la tipografía, puede resultar difícil distinguir entre tantas opciones, ya que comparten una raíz común que las hace, a primera vista, muy parecidas.

Sonia ha montado todo un festival, Itinerarios de Caligrafía / Kaligrafia Ibilbideak (Navarra, enero-agosto de 2006), para dar a esta disciplina el lugar que merece. En la segunda parte de la entrevista nos cuenta todos los secretos y detalles del encuentro que se celebrará del 19 al 21 de febrero en Pamplona y nos recomienda algunos libros y talleres.
La trayectoria profesional de Sonia Beroiz se define por la convergencia entre arte, diseño y compromiso social. Licenciada en diseño gráfico por la Universidad de Southampton, la Escola Elisava y con un Postgrado en Diseño de letra en EINA (ambas en Barcelona) y con más de veinte años de experiencia, trabaja como directora de arte y diseñadora gráfica en Kö estudio (Pamplona), desde donde impulsa su trabajo en torno al lenguaje visual, las letras y el diseño de publicaciones. Su trabajo se ha abierto hacia la gestión y dinamización de iniciativas culturales participativas y la docencia, reforzando su visión de la cultura y el conocimiento como herramientas transformadoras.
