La muy catastrófica visita al zoo, de Joël Dicker, publicado este año en Alfaguara, me ha traído muy buenos recuerdos.
Por un lado, de cuando leía, siendo bastante más joven, Las aventuras del Pequeño Nicolás, Manolito Gafotas, o incluso las tiras de Mafalda.
Y por otro, de la muy catastrófica visita al Simago de nuestro barrio (o ‘Simango’ como lo llamábamos nosotros), que acabó igual que empieza esta historia, dando explicaciones a nuestros padres de cómo había podido ocurrir semejante disparate. Yo también me puse de perfil bajo, como Josephine, la narradora y una de las protagonistas de esta novela.
No os voy a hacer spoilers, tapaos los oídos si alguien empieza a hablar de este libro, porque probablemente os cuele alguno y os entren ganas de hacerle una llave de karate muy rápida y efectiva.
Este libro es lo que pretendía el señor Dicker al escribirlo, una historia para ser leída sola o en compañía, en familia, en clubes de lectura, y por gente de cualquier edad.
Os vais a reír, vais a reflexionar sobre temas aparentemente banales pero que os dejarán un poso de rumiación; si sois padres, os vais a sentir identificados con unos u otros de los que asoman por aquí, y reconoceréis a otros en los papás y mamás de vuestro cole.
Y todos hemos sido niños y la hemos liado parda alguna que otra vez, como Josephine, y sus amigos Artie, Thomas, Otto, Giovanni y Yoshi, todos especiales y muy divertidos.
Josephine va tirando del hilo y poco a poco nos vamos enterando de por qué pasó lo que pasó, de que a veces las cosas no son lo que parecen, de que los niños tienen mucho más criterio de lo que pensamos, y de que hay algunos adultos que son imbéciles. Pero, afortunadamente, a estos últimos se les puede anular con la lógica aplastante de unos críos a los que la vida aún no les ha pasado por encima.
¿Os he contado de qué va el libro? Bueno, no mucho, pero no necesitáis saber nada más, solo que os lo tenéis que llevar de vacaciones este verano si queréis pasar ratos fantásticos, divertidos, soltar alguna que otra carcajada y recordar aquellos tiempos en los que vosotros también la liabais parda (esto último solo aplica si eres vieja como yo, claro).
Bueeeeno, y si queréis reflexionar sobre la vida, la educación, la amistad, la diversidad, la libertad y un sinfín de cosas más, también.
Me despido, ahora me toca ponerme de perfil bajo, que es la hora de la comida, hace un calor de espanto, y no me apetece nada cocinar. ¡Os deseo feliz verano!
