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En autocaravana con niños por la Selva Negra (parte 2)

En esta entrada te contamos la segunda parte de nuestra ruta en autocaravana con niños por la Selva Negra durante este verano. ¡Esperamos que os sirva de inspiración para organizar vuestro propio recorrido! Y si queréis conocer la historia completa de la visita de Telar de Libros a la Selva Negra, aquí os dejo los enlaces a la serie de cuatro entradas:

Días 5 y 6. Miércoles 7 y Jueves 8 de agosto: reserva natural Wildgehege Salvest y Villingen Schwenningen

El día despierta pasado por agua. Nos tomamos con tranquilidad el desayuno pero la prole necesita aire fresco. El desvío hacia la reserva natural Wildgehege Salvest en el que hemos parado permite a los pequeños exploradores salir a investigar en pijama tan pronto amaina algo la lluvia.

desvio reserva natural Wildgehege Salvest
corriendo en pijama en el desvío reserva natural Wildgehege Salvest – fotografía: Telar de Libros

Armados con impermeables y paraguas desafiamos al mal tiempo y salimos a caminar. A lo largo de un camino forestal bien pavimentado, llegamos a la reserva natural Wildgehege Salvest. Cuando llegamos, los ciervos estaban agazapados, escondidos de la lluvia, así que proseguimos camino y encontramos el parque infantil de la reserva, un parque muy ecológico con varios elementos construidos con troncos: un carrusel, un precioso tren, una caseta, mesas y sillas de camping. Los niños estaban encantados de jugar con los columpios y los charcos, mientras nosotros charlábamos y contemplábamos el paisaje agazapados como los ciervos en la locomotora del tren.

bajo la lluvia en el tren de la reserva Wildgehege Salvest - fotografía: Telar de Libros
bajo la lluvia en el tren de la reserva Wildgehege Salvest – fotografía: Telar de Libros

Caminamos la primera parte de la ruta circular que rodea la reserva, de baja dificultad, apta incluso para sillas. El camino con lluvia tuvo un encanto especial: el sonido del agua, las gotas cayendo de las hojas de la infinidad de abetos y la gruesa y mullida alfombra de musgo bajo nuestros pies nos sumían de nuevo en un cuento. El bosque se iba haciendo más denso y la lluvia arreciaba, así que decidimos dar la vuelta. Al regresar el agua amainó y los ciervos salieron a nuestro encuentro. Se ve que están acostumbrados a la presencia humana y no se asustan.

De vuelta en la autocaravana, la hora del almuerzo tenía reservada una sorpresa para M. Un picor extraño en el interior del muslo durante la sobremesa le hizo sospechar. Efectivamente allí, agazapada en la cara interior de su muslo, calentita entre los pelos de la pierna, se encontraba ¡una garrapata! Momento caótico: M. con sudores hipocondríacos – ¡quitadme esto, quitadme esto! – el resto de adultos intentando contener las carcajadas infructuosamente y los niños peleándose por ver la garrapata.

Con el armamento anti-garrapatas del botiquín (unas pinzas de plástico que venden en la farmacia para tal efecto) pudimos quitársela, lograr que se tranquilizara y convencerlo de que era poco probable que le transmitiera una enfermedad en tan poco tiempo. Efectivamente en aquellos bosques, especialmente si hay ciervos, las garrapatas son muy comunes. Pantalón largo y calcetines altos son la mejor prevención, pero no viene mal tener un kit anti-garrapatas por si acaso.

Tras el acontecimiento pusimos rumbo a Villingen-Schwenningen, extremo este de la Selva Negra. Se trata de una ciudad con dos centros históricos; el de Villingen resistió mejor los embates de la guerra de los Treinta Años (1618-1648) gracias a su muralla, que aún hoy conserva.

vistas desde la torre observatorio de Villingen-Schwenningen - fotografía: Telar de Libros
vistas de la zona nueva de Villingen-Schwenningen desde la Aussichtsturm auf der Wanne – fotografía: Telar de Libros

La lluvia comenzó de nuevo justo cuando aparcamos a orillas del inmenso parque que alberga la Aussichtsturm auf der Wanne. Queríamos subir a esa torre de 30 metros que mira hacia el casco antiguo de Villingen. La torre de observación, construida en acero, data de 1888, y tiene una altura de 30 metros, que las pequeñas valientes no dudaron en subir. Vale la pena la parada si vais con niños, sobre todo por el parque fantásticamente acondicionado donde está situada.

vista-del-casco-antiguo-desde-la-torre-Villingen-Schwenningen
vista del casco antiguo de Villingen-Schwenningen desde la torre – fotografía: Telar de Libros

Debido a la lluvia dejamos para otra ocasión el paseo al casco antiguo de Villingen. Sin duda debe de ser buena idea el recorrido medieval, atravesando las puertas de la antigua muralla, por sus iglesias, plazas y monasterios. Si os quedais con ganas de más ideas sobre qué visitar en esta ciudad al este de la Selva Negra, podéis echar un vistazo a este post con los 15 mejores planes en Villingen-Schwenningen.

La carretera zigzaguea en la espesura del bosque camino del camping NaturCamping Bad Dürrheim. Disfruto de la vista panorámica de la carretera acotada por árboles desde la posición privilegiada del asiento de conductor de la autocaravana, y a ratos frunzo el ceño y trago saliva cuando otro vehículo aparece de frente. A pocos kilómetros, comienzan a alternarse despejadas verdes lomas con tramos de bosque. En uno de esos paisajes diáfanos, en las orillas de un lago, se encuentra el NaturCamping Bad Dürrheim.

lago en el Nature Camping Bad Durrheim
lago en el NaturCamping Bad Dürrheim – fotografía: Telar de Libros

En el camping nos quedamos dos noches a poner lavadoras y relajarnos a orillas del lago en que está situado. El lago no tiene muchas zonas de baño, pero permite chapucear un poco y trastear con las tablas de stand up que tienen disponibles. Además está reformado recientemente y tiene una buena área de juegos para los más pequeños. Parada logística relajada antes de poner rumbo a las Cataratas del Rin.

Día 7. Viernes 9 de agosto: Cataratas del Rin

Después de emplear buena parte de la soleada mañana en recoger toldos y trastos varios y de realizar la a estas alturas ya familiar logística de las aguas, pusimos rumbo  a las Cataratas del Rin.

Sin apenas darnos cuenta cruzamos la frontera suiza y llegamos a Neuhausen am Rheinfall, la ciudad de verdadero hormigón armado sin mucho encanto donde están ubicadas. Tardamos un tiempo en encontrar parking, y sobre todo en averiguar la manera de pagarlo, así que os recomiendo que vayáis a tiro hecho al parking de autocaravanas, al otro lado de la ciudad, o al parking “oficial” de las cataratas del Rin, un poco más caro pero donde finalmente decidimos aparcar.

Llegamos a la parte superior de las cataratas. El camino urbano hacia las cataratas bajo el sol de medio día nos dejó deshidratados y sólo daban ganas de saltar a tomar un baño en las cristalinas pozas que se forman en la plataforma superior justo antes de la gran caída. El mayor salto de agua de Europa, de 150 metros, dispone de miradores a ambos lados del río, tanto en la parte superior como inferior de las cataratas.

Por una empinada cuesta para ciclistas bajamos a la parte inferior, donde el agua cae estrepitosamente en un gran lago. En este lago organizan diferentes tipos de paseos en barco, y ahí que fuimos nosotros a refrescarnos con el spray natural del agua al caer cerca de nuestro barco. Desde la barca vimos que por los bosques que rodean el lago discurren veredas, buena opción para disfrutar del espectáculo del agua escapando a la multitud de turistas.

Rheinfall
vista de las cataratas del Rin – fotografía: Telar de Libros

Cuando queremos volver a la caravana estamos agotados, merendamos algo y nos ponemos en marcha hacia nuestro próximo destino. De nuevo atravesamos la frontera hacia Alemania, y de nuevo la puesta de sol nos brinda una preciosa ruta en carretera, alternando lomas y bosques en los que dan ganas de parar y recorrer cualquiera de las veredas que asoman.

En este entorno ideal encontramos un supermercado en mitad del recorrido, paramos a reponer víveres y continuamos ruta, bordeando un inmenso lago, el Schluchsee. Queremos parar en otro lago menor para pasar la noche y hacer ruta al día siguiente, el Windgfällweiher, pero según las opiniones de park4night no está permitido estacionar autocaravanas, así que nos detenemos en un área habilitada a pocos kilómetros, en la localidad de Altglashütten.

Dia 8. Sábado 10 de agosto: lagos Windgfällweiher y Schluchsee

Al dia siguiente, nos despertó el tren que pasa justo al lado del área de autocaravanas de Altglashütten. Sorprende ver pasar a los trenes, auténticas reliquias tiradas por locomotoras de vapor todavía en funcionamiento. Desde allí mismo comenzamos el camino de 1,5 km hacia el lago Windgfällweiher, a través del bosque.

puesta de sol desde Altglashütten - fotografía: Telar de Libros
puesta de sol desde Altglashütten – fotografía: Telar de Libros

Llegamos al lago Windgfällweiher, donde en la orilla oeste algunos bañistas ya estaban listos para darse un chapuzón. Decidimos rodearlo desde el norte, una ruta asequible también para los niños.

Cuando llegamos al extremo oeste, donde el bosque toca las aguas y los bañistas no llegan, encontramos un pequeño canal, el Windgefällbach, que comunica el lago Windgfällweiher con el gran lago Schluchsee. Una vereda iba pegada al canal, y decidimos acompañar el recorrido de las aguas entre los dos lagos. Un camino precioso, como sacado de un cuento: la luz del medio día apenas se colaba entre las hojas de los árboles y brillaba sobre el agua del canal, encontramos fresas silvestres (¡qué sabor tan diferente a las que conocemos!), tréboles de cuatro hojas y mullidas alfombras de musgo, hasta que fuimos a dar en el gran Schluchsee.

arroyo que lleva las aguas del lago Windgfällweiher al Schluchsee - Fotografía: Telar de Libros
arroyo que lleva las aguas del lago Windgfällweiher al Schluchsee – fotografía: Telar de Libros

Con menos encanto que su hermano pequeño, Schluchsee está más equipado y dispone de embarcaderos y varias zonas de baño a sus orillas. Almorzamos en una de ellas, mientras aprovechamos para poner los pies en remojo. Regresamos por la tarde, en lugar de siguiendo la vereda del canal, a través del camino principal, y al lado de las vías del tren, que en varias ocasiones nos brindó de nuevo el paso de locomotoras de vapor. Al llegar de nuevo a la orilla oeste, paramos en la cafetería a merendar la famosa tarta selva negra, y ya de paso también un apfelstrudel y otro postre de albaricoques también muy rico.

vista del Schluchsee - fotografía: Telar de Libros
vista del Schluchsee – fotografía: Telar de Libros

Sin duda, una ruta bonita y fácil para hacer con niños (incluso con carro), que puedes adaptar a rodear el lago Windgfällweiher (unos 5 kilómetros) o ampliar como hicimos nosotros hasta el Schluchsee (unos 9 kilómetros). Esta es probablemente una alternativa menos turística al conocido Titisee, un poco más al norte, al lado del cual pasamos por la noche rumbo a nuestro siguiente destino: el cañón del Ravenna.

Dia 9. Domingo 11 de agosto: cañón del Ravenna

Cuando despertamos en la entrada del desvío al cañón del Ravenna comprobamos que otras dos autocaravanas habían decidido acompañarnos a pasar la noche. La siguiente sorpresa nos esperaba cuando caminamos hacia el inicio de la ruta: un complejo turístico se erigió ante nosotros. Allí se encuentra el hotel restaurante Hofgut Sternen, una tienda de relojes de cuco que hace las veces reloj de cuco gigante, y un taller de objetos de vidrio. ¡Y nosotros que íbamos buscando un camino solitario como el del día anterior!

Los niños rápidamente vieron el lado bueno y rogaron esperar a que el cuco diera la hora en punto, y visitar la tienda de cristales y de relojes. El comienzo de nuestra ruta no podía ser más comercial, y aunque a la ida no compramos nada, ya os adelanto que al regreso se vino con nosotros un auténtico reloj de cuco.

reloj de cuco
un reloj de cuco gigante alberga la tienda de relojes – fotografía: Telar de Libros

Por cierto, que el enclave puede ser ahora un centro turístico pero, como supimos después, lleva existiendo desde la Edad Media como parada de comerciantes. A mediados del siglo XVIII, la carretera principal de Viena a París pasaba a través de este valle. Como curiosidad, fue en 1770 en el Hofgut Sternen cuando María Antonieta, en su camino a París para conocer a su futuro esposo, Luis XVI, apareció inesperadamente (junto con 36 carruajes y 450 caballos) y preguntó si el hotel podía proporcionar almuerzo para su séquito. Goethe también se alojó aquí en en 1779, como dicta orgullosamente la placa.

De nuevo en marcha, llegamos a la  parte inferior de la garganta, y pasamos bajo el puente del Ravenna, que con 37 metros de altura, es también el viaducto del ferrocarril Höllental.

El sendero bien equipado de la garganta del Ravenna sube acompañando al arroyo que lleva su mismo nombre. El caminante encontrará varias cascadas a lo largo de los cuatro kilómetros de subida, la mayor de ellas, la Großer Ravennafall, de 16 metros de altura. En otros tiempos, había varios molinos de agua a lo largo del transcurso del río. Algunos todavía existen en la actualidad, como el bien conservado molino de Großjockenmühle, que data de 1883 y es un monumento protegido. Lo más peculiar de este molino es que, debido a la fuerte caída del Ravenna, el agua se conduce a través de una canaleta sobre el techo del molino para caer sobre la rueda de agua.

camino del Ravenna
camino del Ravenna – fotografía: Telar de Libros

Cuando llegamos arriba, caminamos un poco más hasta llegar a una pradera despejada, donde como perfectos domingueros extendimos nuestra manta de picnic para almorzar.

almuerzo al final de la garganta del Ravenna
almuerzo al final de la garganta del Ravenna – fotografía: Telar de libros

De regreso a la autocaravana, merendamos y pusimos rumbo a Kirchzarten, donde unos buenos amigos y una buena tunda de agua nos esperaban para cenar.

Día 10. Lunes 12 de agosto: Friburgo

El último día de nuestro viaje se presenta lluvioso para despedirnos. Pasamos buena parte de la mañana desayunando tranquilamente en Kirchzarten y despidiéndonos de los amigos que habíamos encontrado la noche anterior. Nos planteamos si visitar Friburgo o Baden-Baden antes de poner rumbo de vuelta a Mannheim, donde tendremos que devolver la autocaravana en la mañana del día siguiente. Nos decantamos por Friburgo, a pocos kilómetros de donde nos encontramos.

torre de la Catedral de Friburgo - fotografía: Telar de Libros
torre de la Catedral de Friburgo – fotografía: Telar de Libros

Friburgo es una ciudad universitaria en la esquina suroesta de la Selva Negra alemana. Aunque el día nos tocó lluvioso, es conocida por su clima templado y su casco antiguo de época medieval, reconstruido tras la Segunda Guerra Mundial.

Tras una parada logística en el área de autocaravanas de la entrada de Friburgo aparcamos la autocaravana enfrente de un viejo cementerio, llamado Alter Friedhof (si pasáis cerca vale la pena relajarse con un paseo entre las tumbas del siglo XIX y la naturaleza que las rodea). Desde allí atravesamos el Stadtgarten de Friburgo, un bonito parque del siglo XIX en el que niños y mayores pueden disfrutar de sus áreas de juegos, jardines, puentes, y de los ricos croissants de la pequeña cafetería que allí se encuentra.

Desde allí caminamos por los callejones del centro histórico hasta la Freiburger Münster, la catedral, con su icónica torre gótica de 120 metros y construida en la misma piedra roja que ya vimos en otras ciudades alemanas. En la plaza de la catedral copiamos a los autóctonos que compraban las típicas salchichas alemanas (bratwurst) en un puesto callejero y aviamos así el almuerzo. Sentados en la plaza, observamos que las calles están atravesadas por pintorescos pequeños canales (Bächle en alemán), donde los niños ponían barquitos de madera a navegar. Estos Bächle toman sus aguas del río Dreisam que atraviesa Friburgo. En su día fueron utilizados para disponer de agua para combatir incendios y alimentar al ganado, pero nunca han sido destinados a uso de aguas residuales.

Continuamos callejeando hacia la plaza de los Agustinos, y tomamos un helado antes de pasar por la puerta de San Martín, una de las puertas de entrada originales a Friburgo.

una de las puertas de entrada a Friburgo
puerta de San Martín, una de las puertas de entrada a Friburgo – foografía: Telar de Libros

Entrada la tarde regresamos a las autocaravanas, pues teníamos por delante doscientos kilómetros de regreso a Mannheim.

Se quedó para una próxima visita la icónica Baden-Baden, además muchos otros paseos y actividades que se pueden hacer con niños en Selva Negra (ya os he comentado en la entrada anterior que este artículo de El País da una buena pincelada general). Y es que si algo requiere viajar en autocaravana es un poco de espíritu de eso que llaman “slow travel”, sin querer verlo todo y sin prisas, disfrutando de ser caracol y llevar la casa a cuestas. Si os ha gustado, no os perdáis el próximo post, con diez consejos para viajar por primera vez en autocaravana con niños por la Selva Negra.

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